LIDIA SIERRA/ BURGOS
17 DE ABRIL 2026. Cada día, en las consultas del Hospital Universitario de Burgos, la doctora Esther Cubo se enfrenta a enfermedades neurológicas que avanzan despacio, casi en silencio, pero que transforman profundamente la vida de quienes las padecen. El trabajo de la doctora Cubo analiza interpreta esos cambios para poder anticiparse a los mismos y, en la medida de lo posible, frenar su impacto. Una tarea titánica que combina precisión científica, experiencia clínica y una mirada humana centrada en cada paciente.
Nacida en Mérida, su vocación médica no fue inmediata, pero sí constante en el tiempo. No sabe a ciencia cierta cómo comenzó, pero, con el tiempo, encontró en la Neurología un campo que respondía a su inquietud intelectual: comprender cómo funciona el cerebro y qué ocurre cuando ese equilibrio se rompe.
De esa etapa se queda con “el esfuerzo constante de unos padres que no pudieron estudiar una carrera”, y que siempre inculcaron a Esther “la importancia de la constancia y el estudio”. Valores muy arraigados que supo exprimir desde bien temprano culminando con éxito Medicina en la universidad extremeña y escogiendo la especialidad de Neurología, porque “aunque le gustaba Inmunología”, la oferta laboral, “parecía mucho más escasa”.
Formación sin fronteras
Tras licenciarse en la Universidad de Extremadura en 1996 y especializarse en Neurología en Madrid un año después, decidió ampliar su formación en la Rush University Medical Center, uno de los centros internacionales de referencia en trastornos del movimiento de Estados Unidos. Cubo cruzó sin pensarlo en charco con su marido y un bebé de apenas unos meses y se instaló en Chicago para vivir una de las experiencias profesionales que “más le han marcado en toda su vida”.
En 1997 se incorporó al Rush University Medical Center de Chicago, donde realizó una especialización en trastornos del movimiento entre 1999 y 2000 de la mano de un colega profesional y mentor “que le enseñó más de lo que nadie le había enseñado hasta la fecha”. En ese periodo recibió en el año 2000 el premio anual de investigación del departamento de neurología.
Aquella etapa no sólo consolidó su perfil científico, sino que también definió su manera de entender la medicina: rigurosa, basada en datos y abierta a la innovación, pero sin perder de vista la dimensión humana del paciente.
“Aprendí mucho y más, pero aquella estancia en Chicago me penalizó mucho al volver a España donde encadené contratos precarios durante varios años, que me llevaron a pasar por diversos puntos y hospitales de la geografía.
Ese periodo fuera de España ralentizó su progreso profesional respecto a su generación, y tardó unos años en recuperar su trayectoria y acceder a una plaza estable. A su regreso, en un contexto con escasas oportunidades laborales, necesitó alrededor de seis años para reubicarse profesionalmente, trabajando en distintas clínicas.
Durante ese tiempo, también desarrolló una etapa clave como investigadora en el Instituto de Salud Carlos III, en el Centro Nacional de Epidemiología, donde colaboró con el neurólogo Pablo Martín. Esta experiencia resultó decisiva en su carrera, ya que le permitió “adquirir habilidades fundamentales”, como la estadística, que marcarían su desarrollo profesional posterior.
Y por fin, en 2006, una plaza estable, en Burgos. “Me vine sin pensarlo con mis tres hijos pese a que mi marido aún trabajaba en Madrid”, recuerda. Un cambió que marcó su vida, y supuso un punto de inflexión en su carrera, ya que en Burgos encontró la oportunidad de consolidarse profesionalmente y desarrollar proyectos propios.
“Es aquí donde conseguimos impulsar la unidad de trastornos del movimiento”, destaca Cubo, que entiende que ese hito no se hubiera producido sin “el apoyo de un equipo impresionante de neurólogos con un gran equipo de enfermería”, que ha conseguido una relación cercana con sus pacientes, “basada en la confianza mutua”.
Investigar para avanzar
La carrera de Esther Cubo está profundamente ligada a la investigación de enfermedades como el Parkinson o la enfermedad de Huntington, abordando desde su evolución hasta el impacto de factores como el estilo de vida.
A lo largo de su trayectoria, ha sido testigo de la transformación de la enfermedad de Huntington, pasando de considerarse incurable a una etapa en la que se vislumbra la posibilidad de intervenir directamente sobre el gen. Tras más de 30 años participando en proyectos y ensayos clínicos, destaca su satisfacción por haber contribuido, desde Burgos, a los avances que podrían conducir a una futura curación, “de la que está segura serán testigos porque se podrá seleccionar el gen”.
En cuanto al párkinson, subraya su evolución hacia una enfermedad crónica que permite mantener una buena calidad de vida durante años gracias a los avances terapéuticos. No obstante, pone en valor el papel fundamental de las asociaciones de pacientes, “que se han profesionalizado y ofrecen recursos esenciales —como fisioterapia o logopedia— que complementan la sanidad pública, especialmente en la atención a pacientes crónicos”, donde, a veces, “la sanidad pública carece de recursos”.
Con más de doscientas publicaciones científicas, su aportación ha sido clave en el desarrollo de nuevas herramientas diagnósticas y en la comprensión de los trastornos del movimiento. Su enfoque integra ciencia y práctica clínica, con un objetivo claro: trasladar el conocimiento al día a día del paciente.
Docencia, asistencia y reconocimiento
Lejos de los grandes centros tradicionales, Cubo ha contribuido a situar Burgos en el mapa de la neurología. Desde su responsabilidad al frente del servicio, ha impulsado proyectos de investigación, formación y telemedicina, creando un entorno donde la asistencia y la innovación conviven.
Su labor docente en la universidad refuerza además su compromiso con la formación de nuevas generaciones de profesionales sanitarios, y es algo “que le llena profundamente”, porque “la docencia le encanta”. En la actualidad es profesora en los grados de Enfermería e Ingeniería de la Salud, donde comparte tiempo y espacio con futuros egresados y con equipos de investigación multidisciplinares, “de los que aprende cada día”.
Grados y docencia que espera ampliar en el futuro, formando parte de la plantilla docente del futuro Grado de Medicina que comenzará el próximo mes de septiembre, “siendo un hito” para Burgos y para la Universidad de la misma ciudad.
Reconocimientos y cooperación
La trayectoria de Esther Cubo se ha caracterizado por una sólida proyección científica. A lo largo de los años, su trabajo ha sido reconocido por instituciones de referencia como la Sociedad Española de Neurología, que ha valorado su aportación tanto en investigación clínica como en la mejora de la atención a los pacientes. Su participación en ensayos clínicos, proyectos de investigación y el impulso de unidades especializadas han contribuido a situar su labor en una posición destacada dentro de la neurología española.
Uno de los reconocimientos más relevantes de su carrera llegó cuando fue distinguida con la Cruz de la Orden del Mérito Civil, otorgada por Felipe VI. Una condecoración que, “no esperaba y recibió por sorpresa”, y que reconoce su implicación en el avance de la medicina y su compromiso social, una faceta que también ha desarrollado a través de proyectos de cooperación sanitaria en África.
En este ámbito, el de la cooperación, Cubo ha contribuido a la formación de profesionales, la atención a pacientes neurológicos en contextos con recursos limitados y el impulso de iniciativas orientadas a mejorar el acceso a la salud, ampliando así el impacto de su trabajo más allá del entorno nacional.
Más allá de los logros, la figura de Esther Cubo se define por su manera de ejercer la medicina. En un ámbito donde muchas enfermedades no tienen cura, su trabajo se centra en mejorar la calidad de vida, acompañar y ofrecer respuestas.
Desde Mérida hasta Burgos, su trayectoria refleja una idea clara: la medicina es, ante todo, una forma de compromiso. Con el conocimiento, con la investigación y sus pacientes.

