Revista Digital

Burgos La Tuberculosis y el Dr Koch

BURGOS, LA TUBERCULOSIS Y EL DR. KOCH (1890-1891)

Publicado el 14/09/2006

Cuando en la sesión de la Sociedad Alemana de Fisiología celebrada el 24 de marzo de 1882, Robert Koch dio pruebas incontestables de que la enfermedad tuberculosa estaba causada por un microorganismo externo, al que más tarde se denominó bacilo de Koch; hacía ya siglos que la tisis hacía estragos entre la población mundial. De ahí que el descubrimiento del Dr. Koch tuviera un amplísimo y rápido eco en la comunidad científica de la época, pues abría unas perspectivas nuevas para luchar contra sus devastadoras consecuencias.


Robert Koch tras doctorarse en medicina en Gotinga en 1866, pasó a ejercer su profesión en un distrito rural alemán en el que eran frecuentes los casos de carbunco en las vacas; esto le dio pie, con unos medios muy humildes, para investigar su etiología, describiendo en 1876 el Bacillus anthracis. A continuación, ya con alguna mayor dotación, estudió los agentes responsables de las infecciones en las heridas. Con el hallazgo del germen causante de la tuberculosis alcanzó fama universal. Prestigio que se corroboró al año siguiente, cuando durante una expedición científica a la India descubrió el microorganismo que originaba el cólera, y su diseminación a través de las aguas contaminadas.

Estos éxitos propiciaron su nombramiento como profesor de higiene y bacteriología en Berlín (1885), y más tarde como director del Instituto Prusiano para las Enfermedades Infecciosas; en una carrera ascendente que culminó con la concesión del Premio Nobel en 1905, tan sólo cinco años antes de su muerte.

Si el aislamiento del bacilo de Koch constituyó sin duda un paso de gigante en el combate contra la tuberculosis, lo que de verdad anhelaba la población en general y los clínicos y epidemiólogos en particular, era encontrar algún recurso terapéutico que pudiera hacerla frente con efectividad; hecho que hoy sabemos no ocurriría hasta la llegada de la era antibiótica, a mediados del siglo pasado.

En la conferencia de apertura del X Congreso Internacional de Medicina celebrado en Berlín, el 4 de octubre de 1890, el Dr. Koch, entre grandes aplausos, afirmó haber descubierto una sustancia capaz de “detener el crecimiento del bacilo de la tuberculosis, no sólo en el tubo de ensayo, sino también en animales”. Esta sustancia a la que se llamó linfa de Koch, y más tarde tuberculina, despertó de inmediato enormes expectativas en toda Europa y América, que a no tardar demasiado se vieron defraudadas; pues se constató que no poseía un valor terapéutico, aunque si diagnóstico.

La noticia llegó con inusitada rapidez a nuestra ciudad. En el Archivo Municipal se conserva un curioso expediente promovido por Don Sixto Antón y Don Julio Fernández Izquierdo, médicos del Hospital de San Juan, sobre que “se adquiera con destino al ensayo en los enfermos de dicho Hospital el líquido curativo de la tuberculosis descubierto por D. Roberto Koch” . Llama la atención que ambos facultativos firmasen su solicitud el 3 de diciembre de 1890, tan sólo dos meses después de que se diera a conocer el descubrimiento en Berlín.

La exposición dirigida por los Dres. Antón y Fernández Izquierdo al alcalde burgalés resulta sumamente reveladora: “En vista de las noticias publicadas primeramente por la prensa periódica, y ratificadas después por la profesional, e informes particulares de eminentes clínicos españoles y extranjeros, acerca de al preparación antituberculosa obtenida por el médico alemán Dr. Roberto Koch, de eficaz éxito para combatir las manifestaciones tanto externas, como internas de la tuberculosis, y en atención a que dicho eminente médico se ha prestado gustoso a remitir el líquido objeto de su descubrimiento a la Diputación Provincial de Madrid, para que sus médicos puedan hacer los ensayos necesarios en los Hospitales que de ella dependen; los que suscriben profesores encargados de la asistencia de los enfermos del Hospital de San Juan de esta ciudad, creen cumplir con un deber de humanidad dirigiéndose a V.S., a fin de que por la celosa corporación de su presidencia se hagan análogas gestiones para con el autor, en la confianza de que han de ser igualmente atendidas, y al objeto de poder ensayar dicho procedimiento curativo en el establecimiento confiado a su cuidado, donde afortunadamente y gracias al celo de la corporación se cuenta con los instrumentos y útiles necesarios para el diagnóstico de la enfermedad y sus sucesivas evoluciones, y donde por otra parte en la actualidad se presentan varios casos de lesiones tuberculosas, tanto médicas, como quirúrgicas, y en los que es de esperar se obtengan idénticos beneficiosos resultados”.

Sin dilación el alcalde pasó esta solicitud a la Comisión de Salubridad, que además de por Plácido Navas, estaba integrada por el médico Francisco Regis Cisneros, y por el farmacéutico Fabián Barriocanal. Estos tras considerar “digna de aplauso la conducta de los indicados facultativos y por la cual merecen bien de la Corporación”, exponen la falta de unanimidad en los supuestos beneficios de la tuberculina: “ (...) la Comisión ve no con mucha satisfacción que los médicos de París, Madrid, Barcelona y otros puntos o centros docentes andan completamente desacordes en la manera de considerar el medicamento en ensayo, llegando al extremo que dos celebridades de París, se niegan a hacer experiencias en su clínica con el remedio mencionado (...); y mientras esto sucede en París, ocurre todo lo contrario con nuestros célebres médicos de Madrid, entre los cuales pueden citarse al Dr. Espina, y al sabio catedrático Sr. San Martín, quienes con laudable imparcialidad y benéfico deseo, ensayan el remedio, observan atentamente la marcha y evolución de los padecimientos, y con calma digna de la ciencia, esperan quizás por algún tiempo, para pronunciar el fallo definitivo de sus ensayos y de sus humanitarias pesquisas”.

A pesar de la ambivalencia de las opiniones científicas valoradas, los comisionados acaban por acceder a la petición de los médicos del Hospital de San Juan: “En consecuencia de lo indicado con mucho más que podría añadirse, y toda vez que el coste o dispendio para adquirir el medicamento o sea la linfa experimental del Doctor Koch es insignificante, entiende la Comisión que por los medios que la ciencia crea adecuados, se adquiera directamente referido medicamento para que sea ensayado en el Hospital de San Juan por los mencionados profesores de él”.

El pleno municipal de 19 de diciembre aceptó este dictamen, y el 13 de enero, ya de 1891, el alcalde dirigió al Dr. Koch la siguiente carta: “Muy Sr. mio y de mi mayor consideración: el Ayuntamiento que presido, tiene acordado adquirir directamente de V. , y para su ensayo en los enfermos del Hospital de San Juan de esta ciudad, el líquido curativo de la tuberculosis, descubierto por V. y en experimentación en la actualidad en todo el mundo médico; y en su vista y a fin de que tenga efecto dicho acuerdo, me dirijo a V. rogándole se digne remitirme con la mayor urgencia posible dos tubos del expresado medicamento, y dos jeringas asépticas propias y necesarias para hacer esta clase de ensayos, como así bien las instrucciones correspondientes para verificar las inyecciones, y nota del importe del medicamento y jeringas para reintegrar”.

Mes y medio más tarde, el 28 de febrero, al no haberse obtenido respuesta, se reiteró la petición, mediante una segunda carta del mismo tenor. No consta documentalmente que Robert Koch llegase a enviar nunca la tuberculina, ni que por consiguiente se utilizase en el Hospital de San Juan; pero no por ello hay que rechazar el carácter pionero de esta iniciativa clínica.


José Manuel López Gómez